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Mockery, capitulo uno traducido al castellano
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Queridos amigos,

 

Aquí teneís el primer capítulo de Mockery (Burla).  Lo hice en un solo borrador, así que tendrá bastantes fallos, y sigo sin poder meter letra en cursiva, pero de todas formas os dará algo del sabor y esencia del libro.

 

            ¡Qué disfruteís!

 

            Philip

 

 

 

La pista clave que me dio el necesario arranque – una expresión tonta que describe cinco meses de investigación en los que prácticamente no comí nada – me llegó en un día gris y aburrido de marzo en Saint Paul, cuando Rolf Obermeyer todavía se presentaba con valor dudoso como “un antiguo oficial de la campaña de Gotchell”.  El y su staff, cada vez más pequeño, todavía trataba – o callando con dinero o enterrando – los pormenores de la campaña perdedora.  Como recordarás, el senador Alan Gotchell – y su oponente, el gobernador Worthington Frakes – había visto la victoria arrancada de sus garras por el candidato Independiete Mitchell Taylor, porque las dos campañas habían sido destrozados por escándolos en las últimas semanas antes de la elección presidencial.  Mi entrevista con Obermeyer era el primer paso para subir el precipicio; y el resto, como a los historiadores nos encanta decir cuando alguien nos compra un libro sin descontar al cincuenta por cien, fue historia. 

 

            Lo que no nos encanta decir es que el libro estaba completamente equivocado.  Qué paso, quién lo hizo, cómo, por qué  -- todo equivocado.

 

            Encontré la fluida corpulencia de Rolf recostado detrás de su viejísimo escritorio mientras hablaba por teléfono, su camisa blanca y corbata hechas un marejadilla de arrugas, las mangas subidas por encima de los codos, un brazo gordo echado como almohadilla  para su cabeza calva, una mancha mojada de sudor en el sobaco.  Su apeste de sudor y tobaco me envolvieron y arrastraron por dentro de su despacho, mientras su mano flotante me dio la bienvenida.  Con resignación, miré la ventana, que estaba cerrada porque a Rolf odia cualquier corriente de aire, y a través de la cual podía ver la cúpula blanca y esperandora del capitolio de Minnesota.

 

            Me senté delante su escritorio, una pieza hermosa que nada tenía que ver con el resto del despacho, que era de los más funcional.  Hace tiempo, cuando su candidato iba ocho punto por delante de su rival en la carrera hacia la Casa Blanca, Rolf había planeado llevárselo a Washington:  “Es de mi abuela, Sam – todo tallado y más viejo que Matusalén.  Ella lo había traído desde Checoslovakia, subiendo todo el río Mississippi.  Y ahora – ¡imagínate! – llegará a la Casa Blanca.  ¡La vieja habría llorado de alegría!”  En aquel moment, Rolf era director de logística para la campaña Gotchell.  Actualmente, era director de la brigada de enterrar el cadáver.

 

            “Yah, pues, esto es en cierto modo el problema, Sol,” decía por teléfono.  “Tenemos nuestros fondos disponibles, pues, ya bastante gastados en este preciso momento.  Por lo que estaba pensando que, más adelante, una pizca de paciencia contínua constituiría la postura más proactiva, al menos al respecto.  Y el senador, quien sigue teniendo una de las voces cantantes del Senado, y no lo olvides – el senador no se va a olvidar a alguien que, pues, tiene el coraje y, y la suficiente aguantosidad, si sabes lo que quiero decir, de seguir junto con nosotros hasta una especie de -- ¿cómo te lo digo? – una especia de, de finiquito a largo plazo.  Entiendes por donde estoy pasando por estos cerros de Ubeda?...No, Sol, no – para nada.  Las cosas que la gente inventa, ¡de verdad!  Esto lo oí hace un mes en una telenovela peruana....Oh, dieciocho meses, Sol, veinticuatro si llueve demasiado.  Solo no hace falta un poco de, una cierta aupa, desde un punto de vista financiera....Sí, por supestísimamente...Sin lugar de las más mínimas dudas....Y créeme, Sol, siento esta preocupación tuya muy profundamente, de verdad, en el fondo de mi alma checa, de verdad.”            Sólo habla así un ex-director del Departamento de Recursos Naturales de Minnesota.

 

            Obermeyer palpó pacientemente con sus dedos sobre su barriga, haciendo ondas sobre su lago de grasa.  Por fin:

 

            “De veras?  Oye, Sol, oye.  Y esto lo digo desde el fondo de mi alma:  oye.  Qué maravilla.  De verás:  esto es la clase de cosas que convierte mi trabajo en una verdadera aspiración a la naturaleza humana....Correcto, conforme.  Oye, escucha a tu Tío Rolf un momento, Sol.  Vamos a mantenerte informado hasta el momento de la devolución.  Aquí no hay ninguno que diga que...Sin lugar a dudas, Sol, sin lugar a las mismísimas dudas.  El senador es un jugador, Sol, y siempre lo será.  Va a escribir un libro, va a publicar un artículo en Newsweeks, él, ah, él va a hacer algunos discursos de mil dolares la barba, tiene uno el mes que viene, de hecho.  Así que no te preocupues.  Y cualquier persona que nos apoya en adelante, pues vamos a devolverle el apoyo para ‘tras, y eso te lo digo sin ninguna de las clases de cualificaciones que oyes hoy en día por todos los mismísimos lados....Vale, Sol...Oye, y te lo agradezco, eso sería la bomba...Vale, vale....Oye, voy a estar llamándote más que tu suegra....Vale...Correcto...Conforme....Adiós.”

 

            Rolf colgó, suspiró, y despegó la sonrisa de su amable cara panera.  “Así que, si dos de tus millones van de paseo una temporada, Sol, relájate, y disfruta de los otros noventa, ¿quieres?  Gilipollas ricachón.”  Debajo de su manteca, Obermeryer tenía acero.

 

            Me miró, haciendo su cuello gordo resbalar de otra forma sobre el cuello de la camisa demasiado apretada.  “¿Sabes cuál es el problema del dinero, Sam?”

 

            “A ver...que no se encuentra nunca una camisa que haga juego con él?”

 

            “Que no llega a ningún orgasmo.  Un tío se gana veinte o treinta milliones, y se muere de placer de todo lo que puede comprar, ¿verdad?  Se va a Miami y se funde diez mil al día en tonterías, ¿verdad?  Qué va.  Un tío se saca los primeros veinte millones y en lo único que puede pensar son los próximos veinte millones.”        

 

            “Ah, la avaricia del hombre,” lamenté.  Di mi salto a la oscuridad:  “Estuviste tú cuando Terry Letizzle entregó el video de Frakes?”  Me refería, por supuesto, a las tomas equivocadas – outtakes, en lenguaje del cine – del Gobernador Frakes en los que maldecía a los ancianos, una de sus mayores bazas como candidato.  La gente de Gotchell – es decir, la gente de Rolf – lo pasó a CBS News, y así hundió a Frakes.

 

            Obermeyer recibió el golpe en la mandíbula, y sus ojos se desenfocaron.  Después de un momento bien largo, decidió que un cigarro nuevo era la respuesta adecuada.  Sacó uno del paquete, visiblemente pidiendo perdón al dibujo pegado con cinta de contacto a la pared.  Mostraba una casa dibujada en ceras, un jardín con flores, tres perros, tres niños, y un cielo rebosando regaño:  “¡Papá, no fumes!”  El cenicero estaba lleno.  Rolf prendió fuego al cigarro.

 

            Después de dos caladas:  “Ah, eso, eso es un tema muy rico en información, ah, Sam, sobre el que yo no soy del todo permitido a hablar y comentar y tal justo en este momento.  Por qué no vas a hablar con Michael o Jan o Milt?  O, vaya, vete a hablar con el senador.  El estuvo es ese momento.  Quiero decir, en vista de cómo han salido las cosas y los reveses sufridos por cada cual, yo simplemente no puedo ir por ahí tomando libertades, al menos no en un plan, pues, un plan de estos de todos los días.”  Para Obermeyer las palabras eran como perdigones.  Los tiraba al azar hasta que dieran con su idea.

 

            “¿Así que de hecho era el mismo Terry quien lo entregó?”  Terry Letizzle era el valet del candidato.

 

            Obermeyer ondeó sus dedos carnosos, defendiéndose como si yo fuera un toro yendo a la carga.  “Espera, espera, espera un momentito, Sam.  No he dicho eso.  Eso, ah, eso sería una completa tergiversación de las palabras.  Quiero decir, vaya:  esos son palabras mayores – lo que estás preguntando lo es.  Estaría saliendo como un cohete de mis competencias, sabes, diciendo cosas como eso.”  Más coladas, y para mí, con aire de culpable.

 

            “Vamos, Rolf.  La elección se terminó ya hace tiempo,” dije.  “Off the record – sin atribuir a nadie.  Mi editor dijo que con cualquier cosa que pudiera destapar referente a los escándolos, se venderías mis libros como roscas.”

 

            Obermeyer agitó la cabeza con largas, enfáticas barridos, la manteca desbordando el cuello de la camisa.  “Cero, Sam.  Quiero decir ‘Cero, y sin ni siquiera abrir la boca.’”

 

            Hice un levantamiento de hombros amable y pregunté a Obermeyer por la organización de la convención de su partido.  Había oído un montón de comentarios de que existía mala leche entre la gente de Gotchell y el partido en general:  donde se sentaban los vips, los ponentes.  ¿Podría darme detalle para ese capítulo de mi libro?

 

            Esto durante veinte minutos.

 

            Entonces, con un suspiro de disgusto, dije, “Pero referente a lo del video, sí era Terry Letizzle quien lo entregó, ¿verdad?  ¿Off the record?  ¿Por favor?  Tuve que encontrar y hablar con tres-cuartas partes de la plantilla nocturna del Baton Rouge Palace hasta que alguien me dio la confirmación de que era él.”

 

            Uno de los encantos de Rolf era sus sentido infantil de asombro.  Sus ojos se pusieron como platos, y se levantó se golpe, sus capas de grasa llegando más tarde.  “¿Pudiste encontrar y hablar con tres-cuartas partes de la plantilla nocturna del Baton Rouge Palace Hotel?”

 

            “Cierto.  Por fín tuve una corazonada al final del mes pasado:  la persona que lo entregó a vosotros seguramente lo miró primero.  Pero vamos a decir que lo recibió justo antes de traérselo.  Recibirlo, por ejemplo, de alguien dentro de la campaña de Frakes.  Por ejemplo, después de quedar con esta persona en el debate de Frakes y Gotc hell, a lo mejor entre bastidores.  Siempre es una posibilidad.  Y supongamos que esta persona pertenece a la plantilla de Gotchell.  Ahora bien, Gotchell estaba acampado aquel día en el Palace, y la única unidad televisión-video ya estaba en la habitación de Milt grabando el debate.  ¿En qué otro sitio podría la persona meter el cassette de video recibido de su amiguito en el debate?   Hablé con algunos empleados del hotel y eoncontré uno:  en la sala de conferencias en el sótano del hotel.  Tiene un televisor enorme con un video incorporado.  Así que empecé a hablar con la plantilla que estaba de servicio la noche del debate.”

 

            “Dios,” murmuró Rolf con admiración.  “Habría cincuenta personas como mínimo.”

 

            “Sesenta y dos,” dije, “porque la dirección no me ayudó con los nombres.  Tuve que esperarles en el parking de los empleados al final de cada turno.  Por fín la encontré:  una señora simpatíca de Cabo Verde.  Fue ella:  le dejó entrar en la sala mientras miraba qué había en el video.  Dijo que era alto y delgado, no llegaba a los treinta años, y que tenía el pelo rojo brillante.”

 

            Rolf miró al cielo.  “Eso sería Terry, sin duda,” dijo secamente.

 

            “Y aquí estamos.  ¿Ves, Rolf?  Tengo una descripción y un nombre.  Sólo me falta una confirmación oficial.”

 

            A calada cuidadosa en el tobaco.  El ceño arrugado.  “A-a-ah, bueno, pues, vale, Sam.  Te daré, pues, sí te daré este mordisco.  Ahora bien:  queda off the record, puro rumor, algo que leiste en la pared del servicio de los hombres, ¿entendido?  Milt siempre se ponía bastante pesado a la hora de hablar de videos y rollos así.  Pero, bueno, si solo estoy confirmando, vale.  Fue él.”

 

            “En el hotel después del tercer debate, ¿verdad?”

 

            “Ah, después de, pues, sí, después del tercer debate, sí.  Ahora bien, Sam, te he echado una mano, he podido lo que he podido para ti, eres un joven con ambiciones y te he dejado prácticamente barra libre por aquí, pero vamos:  hay cosas en este mundo que tienen que ir a los más altos niveles para que alguien se meta en los asuntos delicados.  Cada campaña genera un poco de caca, ya sabes.  No somos perfectos ni aquí ni en ningún otro lugar, que yo sepa.”

 

            Asentí con la cabeza, más tranquilo que Budá, aunque en realidad estaba dando saltos de alegría.  ¡Por fín, un nombre, una pista concreta!  “Estupendo, Rolf, te lo agradezco.  Tal vez cuando tenga más información, puedes darme otra luz verde respecto a algunas pistas....”

 

            Dejé de hablar porque Obermeyer ya no escuchaba.  Había torcido la cabeza hacia abajo y a un lado, como un niño mirando la bola de helado que se le había caído al suelo.  Podía ver la franja de sudor en el cuello apretado de su camisa.  Suspiró.  “Bah, qué coño.  Ya lo tienes.  Ahora vas a pensar que somos como los jilipollas de Watergate intentando arruinar al partido de la oposición.”

 

            La verdad es que habría achacado semejante comportamiento a la campaña de Frakes y su directora pija, Phyllis Kirk, más que a los compañeros de Rolf, pero no dije nada.

 

            El silencio abarrotó el despacho junto con el humo del cigarro de Rolf.  “Seguimos off the record,” me dijo rencorosamente. 

 

            “Así seguimos.”

 

            “Bueno, vale.  Mira, Sam, esto....joder.”  Obermeyer observó su cigarro y suspiró.  “Mira, Sam, el video simplemente cayó en nuestras manos, ¿vale?” espetó infelizmente.  “Palabra.  Nadie lo pagó, nadie lo robó.  Vale, sé que después de las tonterías de Jover en las instalaciones de la campaña de Frakes,  resulta difícil de creer, pero juro por mi abuela checa que es verdad.”  Más tobaco.  “Después del tercer debate, estábamos todos sentados alrededor de la mesa intentando alegrar al senador, y de repente Terry – dios sabe de dónde vino – está al lado del video tosiendo y haciendo el indio intentando que le prestáramos atención, y por fín le miramos, y allí está Frakes en la pantalla llamando todo menos bonito a los mayores de edad y tirando por el bater a su vía libre a la Casa Blanca.  Era nuestra última oportunidad, el último cartucho para quemar, todo eso.  Tuvimos que arriesgarlo.”

 

            Sin quitarle ojo, apunté todo esto en un bloc que tenía colocado sobre una pierna.  “No dijo de dónde vino el video?”

 

            “En absoluto.  Se puso chulito y dijo que había regateado para conseguirlo, pero ni siquiera su madre le habría creído ni nosotros tampoco.”  Otro suspiro.  “Cabe decir que ninguno de nosotros le pusimos la mano al fuego,” agregó sarcásticamente. 

 

            “Nosotros.  Estás hablando de...”

 

            Frunció el ceño.  “Jan, Milt, toda la banda de mariachis.  Yo no toco el politiqueo, Sam – eso ya sabes.  Dirigía el Departamento de Tuercas y Tornillos.  Dame las piezas y te construyo un Cadillac.  Además, estábamos bastante preocupados de que la campaña de Frakes estaba a punto de filtrar información dañina sobre el Senador Gotchell – sobre todo porque el senador hizo pedazos de Frakes en el tercer debate.  Queríamos dar el primer golpe.

 

            “¿Estabaís preocupados por la filtración de qué, exactamente?” pregunté.

 

            Como dije antes, Obermeyer en el fondo estaba hecho de acero.  Ahora lo ví.

 

            Su dedo índice saltó y embistió hacia mi.  “No te hagas el inocente conmigo, Señor Walker.  Sabes el qué, igual que yo.  La campaña de Frakes tenía video del senador en el vestuario con alguna tía.  Después de algún discurso, sería.  Cada reportero que cubría la campaña lo sabía.  Y tú también .”

 

            “Pues sí,” dije.

 

            Obermeyer se alimentó de más tabaco.

 

            “En cierto modo, me alegro de que Mitch Taylor ganó la elección.  Al menos él lo hizo de forma correcta y honrada.”  Otra calada.  “Pero qué tonto es.  Has visto ese proyecto de ley que envió al Congreso hace una semana?  Podría ser un borrador para uno de sus monólogos de comedia.”

 

            “Estás diciendo, entonces, que el video en el vestuario podría ser auténtico?  Es decir, a pesar de todas sus negaciones y su nueva religión y todo eso, Gotchell seguía echando una caña al aire?”

 

            “¡Claro que sí!”  Más caladas.  “Te cuento, Sam.  Tengo un primo en Minnetonka.  Su hija está estudiando publicidad.  Me presionó para que la metiera en la campaña del senador.  Una chica lista, habla castellano porque su madre es – no me acuerdo – nicaragüense o algo sureño.  Justo la clase de persona que quieres enviar a Chicago para hacer mamadas a los chicanos.  Pero joder, no pude arriesgarlo.  No pude.  Tiene veintidós años, y tiene un culo para poner en la portada de Playboy.  Si ese hijo de puta la hubiera visto, le habría puesto mirando hacia Jaén a la primera oportunidad.”

 

            “Entiendo.”

 

            “Cabrón.  Sabes cómo ligaba con las chicas?”  Imitó el tenor nasal de Gotchell:  “’Oh, soy un pobre, agotado candidato para la presidencia, y mi mujer está tan lejos.  Todo el día veo a gente, gente, y más gente.  Necesito intimidad.  Necesito quitar de encima toda esa tensión.  Por favor, cariño, solo un momento.  Sé que esto no es exactamente lo màs apropiado, pero esto es una campaña presidencial:  la gente hace sacrificios de buena gana.’  Así era la jilipollez que les contaba a las chicas – y no me preguntes quien me lo dijo sentado en el mismo asiento que tú.  Justo después de las primarias de Tejas, y estoy empezando a planear la mudanza a Washington.  ¡Joder!  Y entonces me entero de la nueva ‘religión’ del senador.  Era demasiado simpática como para poner el grito en el cielo, gracias a dios.  Le pagué veinte mil dolares en efectivo y llamé a uno que me debía un favor en el Capitolio y le conseguí un trabajo.  Y no pienses que fuera dinero para callarla, Sam.  Era para pedirle perdón.”  Otra calada.  “Maldito jilipollas.  ¿Qué te parece romperte los cojones haciendo una campaña, sabiendo en todo momento que el oponente puede hundirte cuando le dé la gana.”

 

            Esto, también, atribuiría a “un alto oficial de la campaña de Gotchell en mi futuro libro La elección más triste, pero la historia resumía el lada oscuro de la campaña de Gotchell que enfaticé: todo el mundo sabía que las manos de Gotchell pillaban lo que podían, y que la gente de Frakes tenía un video que lo comprobaba.

 

            Escuchamos al humo durante un rato, Obermeyer con su enorme cabeza apoyada en la mano, el codo apoyado en la mesa.

 

            Dije, “Sin embargo, lo asombroso es que incluso después de vuestra filtración de los outtakes de Frakes, su gente...”

 

            “Nunca filtraron el video de Gotchel con la tía.  Sí.  Sí.  Vete tú a saber.”  Obermeyer agitó la cabeza.  “¿Por remordimiento de consciencia?  Qué va.  Era Phyllis Kirk la encargada de la campaña de Frakes.  Para la muy pija, el remordimiento es para la chusma.  ¿Un gesto de juego limpio?  Tampoco.  Sin quieren juego limpio, no habrían puesto el grito en el cielo por la entrada ilegal de Jover.  No, señor:  lo he pensado una y otra vez sin llegar a ninguna conclusión.  Menos si simplemente pensaban que no valía la pena.  ¿Cuanto subió Mitch Taylor en los sondeos a una semana después de los outtakes – veinte puntos?”

 

            “Veintiocho.”

 

            Obermeyer fumó más.  “No, señor.  No me cuadra nada.  Pero yo te digo una cosa.  Si algún día coincido con Phyllis Kirk en algún callejón oscuro, juro por dios que la colgaré por la tanga hasta que suelte la verdad.  Solo para tenerlo todo entendido.”  Apagó el cigarro con un solo golpe amargo.  “Si quieres hacernos todos un favor, Sam, entérate de eso para tu libro.”

 

 

            YA HAN PASADO cuatro años desde la Elección Milagrosa, así que antes de seguir con mi historia, nos conviene refrescar la memoria.

 

            Era la elección presidencial más rara desde que el empate técnico de Warren Harding se arregló en una habitación cerrada.  Brevemente, la historia es la siguiente.

 

            La campaña iba muy reñida hasta los primeros días de octubre.  Taylor, como todos los candidatos Independientes del pasado, tenía suficiente apoyo como para hacer un impacto pequeño, pero nada más.  Su base de apoyo consistía en iguales partes de gente al que no gustaban los candidatos republicano y demócrata.  El candidato demócrata estaba reacio a hacer mejoras en el bienestar, y tenía una personalidad plástica, cosas que disgustaban a los demócratas.  El candidato republicano quería dar subvenciones a “industrias esenciales” y tenía una personalidad sosa, cosas que disgustaban a los republicanos.  Mitchell Taylor tenía políticas ambiguas (“¡Necesitamos ciudades enérgicas!”) pero las explicaba con humor y buen rollo. 

 

            Es decir, unas elecciones aburridas.  Como escribió un comentarista del Boston Globe, “Aquí estamos, a menos de dos menos de unas elecciones presidenciales, y el tiempo es la parte más emocionante de las noticias.

 

            Y entonces los escándolos estallaron, y a nadie le importaba un pepino el tiempo.

 

            A cinco semanas de las elecciones, el jefe de seguridad de la campaña del Senador Gotchell fue pillado intentando entrar en las oficinas de la campaña Frakes.  Tenía un carnet de seguridad falso.  Era igual que el original, con la excepción de la raya ancha, azul en medio:  tenía que ser ancha y roja.  El resto seguramente viste en la televisión.  El guardia paró a Arnold Jover cuando pasaba por el arco de seguridad, y Jover se puso pesado.  El guardia de seguridad, un culturista que medía un metro sesenta, y quien rapidamente convirtió su fama en un papel de estrella en una serie de televisión sobre policias en la playa de Los Angeles, fue ofendido por la actitud de Jover.  Con una mano de acero, le agarró a Jover, y con la otra tranquilamente llamó por radio a su compañero.  Vino el compañero, vino la policía, y al día siguiente, todo Estados Unidos presenció la movida:  Arnold Jover, esposado, sacado a la fuerza.  El Senador Gotchell negó todo rotundamente, pero eso solo empeoró la imagen:  si no podía controlar a su propia campaña, ¿qué decía esto acerca de su futura Casa Blanca?  Nadie quería otro Watergate.  La campaña del senador estaba acabado.

 

            Como si competía por la humillación más gorda, la campaña de Frakes fue sacudida tres semanas más tarde por los outtakees comprometedores, filtrados a CBS News.  Me refiero a la cinta entregada por Terry Letizzle de la que hablaba con Rolf Obermeyer.  ¡Vaya tomate!  Frakes, el granjero de manzanales de Ohio, siempre con pinta de tener dolor de muelas, mira a la camera mientras sujeta una vela roja, azul, y blanca (simbolizando la desaparación de la economía americana”).  Dice mal su frase y frunce el ceño:

 

            FRAKES:  “Por qué coño tengo que soltar esta mierda sobre Medicare?  Es una mentira jilipollesca, y además es...”

 

            VOZ DEL TÉCNICO EN OFF (seco):  “Porque nos hace falta ganar en Florida, Gobernador.  No hay vuelta de hoja.”

 

            FRAKES:  “Ya lo sé, pero....Estos anzuelos viejitos.  Cada uno de estos cabrones.  El país puede ir al infierno, ¿verdad?  ¡Siempre que cada mañana tengan su zumo de naranja y medicina para el estreñimiento!”

 

            Una falta clara de decoro, en opinión de los ancianos, quienes mostraron su indignidad al hundirle en los sondeos. 

 

            Después de las elecciones, un escritor localizó el productor de CBS que había recibido los outtakes de Frakes (la rima sabia del destino:  el escándolo rapidamente se llamó “OutFrakes”).  Admitió solamente que la cinta provino de la campaña de Gotchell.  “No me preguntes ni quién ni cómo.  Todo lo que sé es que con un vistazo a la cinta, reconocí el espot que sí se hizo de estos outtakes, y sabía que tenía el golpe más popular de la campaña.”

 

            Pues sí, era un golpe.  Los sondeos de Frakes bajó en picado hasta el nivel de los de Gotchell, y el electorado, harto y listo para tirar a todos por el borde, se giró hacia Mitch Taylor, el divertido presentador de un programa nacional de charla, quien más tarde se convirtió en alcalde de Albuquerque, Nuevo Mejico.  Surgió de la nada en las últimas semanas de la campaña por su agil sentido del humor, legendario matrimonio de veinticinco años con la actriz Mary Ann Stall, y su castellano que no estaba mal.  Ganó por los pelos, con 40,5% del voto.  Para su asombro, por no decir el de todo el planeta, había ganado la Casa Blanca.

 

            Así que la Elección Milagrosa se centró en dos misterios.  Primero, ¿cómo había llegado los outtakes de Frakes a las manos de la campaña de Gotchell?  (Como acabas de ver, ahora sabía:  Terry Letizzle.)  Y segundo, ¿por qué Arnold Jover, antiguo marinero Seal, antiguo agente del FBI, antiguo ciudadano impecable, intentó entrar en la campaña de Frakes?  ¿Qué coño merecía correr el riesgo?  La cinta de Gotchell era una posibilidad, aunque no una muy segura, porque los archivos de video de la campaña era inmensos.  ¿Cómo iba a saber dónde encontrarla?  Un buen soldado, nunca ha dicho nada.  Los investigadores no pudieron sacar una sílaba de sus labios de marinero Seal.  Jover hizo sus seis meses en una prisión de mínima seguridad, salió  por la puerta grande delante de trescientos periodistas, y desapareció en una academia militar privada de Arizona, done enseña a niños de diez años cómo hacer sus camas, y bota una moneda-dólar de Eisenhower sobre cada una cada mañana.

 

            Mientras estamos con el tema del video del ligateo del Senador Gotchell, aguantémosnos durante un párrafo para recordar por qué semejante video era mortal para su candidatura.

 

            Alan Gotchell era un hombre guapo con dos (ahora tres) matrimonios a sus espaldas, entonces de cincuenta años, quien había trabajado los pasillos del Congreso durante once años.  Solo a las mujeres había trabajado más.  Con entusiasmo y entrega, había llegado a ser uno de los grandes mujeriegos del Congreso y se había ganado el mote de “Gotcha” (“Aquí te pillo”) Gotchell.  Sin embargo, se las arregló para disminuir esta fama el año anterior a las elecciones al invocar una conversión religiosa.  Se unió a una iglesia y fundó un grupo congresional para estudiar la Biblia.  Incluso presentó a los medios su propio “consejero espiritual”, un evangelista que respiraba fuego y tenía una piel impecablemente negro.  Este proclamó la nueva rectitud cristiana del senador.  Era un trasto moral, pero el público lo compró.

 

            Y la organización de Gotchell lo iba a proteger a todo coste.  Cualquier video de tonterías sexuales era falso, dijeron a los reporteros ansiosos.  Y ninguno de la gente de Gotchell rompió filas.  Tres mujeres jóvenes de la campaña Gotchell negaron rotundamente los rumores.  Cero.  Los agentes del Servicio Secreto, a quien no les falla nunca su intuición de qué cara del pan tiene la mantequilla, no decía ni mu.  En el lado del Gobernador Frakes, mientras tanto, las cosas no estaban tan claras.  ¿Tenían una cinta?  ¿Qué mostraba?  Las respuestas que yo conseguí cubría toda la gama. Por un lado, Phyllis Kirk (la pija directora de la campaña Frakes)  me respondió con una negación más o menos, casi segura, casi pongo la mano o al menos el dedo meñique en el fuego.  Por otro, Laura Prestini, quien era oficial regional para Frakes:  “Sí, lo vi, o algo muy parecido.”  La había entrevistado algunas semanas antes de mi charla con Rolf.  Aquí su versión:

 

            “¿El video secreto de Gotchell?  Pues sí, lo ví,” ella me dijo con su risita ahora famosa por toda la nación.  “Eramos unos cinco que lo vieron, aunque no puedo decirte mucho.  Estaba bastante bebida.  Estuvimos en un suite enorme del hotel en Los Angeles la noche que nuestra convención del partido se clausuró.  Todo el hotel era como una fiesta.  Estabamos agotados  por las primarias y después la campaña entre los delegados de la convención.  Fue el primer descanso desde las primarias de New Hampshire de enero.  Estabamos bebiendo y bailando y poniendo videos – algunos pornos asquerosos también.  Y entonces alguien, creo que era Phyllis Kirk, puso algo que dijo que era de ‘los archivos de la campaña’, según ella.  Y tenía una cara rara.  Bueno, pues de repente allí estaba a las cuatro de la madrugada viendo a Alan Gotchell sujetando la puerta de un vestuario.  Ya tiene quitada su chaqueta y la corbata, y puedes verla allí en el fondo de la habitación.  La toma es desde el pasillo, mirando dentro de la habitación.  Y nada, él está riéndose con los del Servicio Secreto y, bueno, le está empujando fuera de la habitación, en plan gracioso, ¿sabes?  Y todos tienen estas sonrisas de bribón.  Y nada, él vuelve a entrar, o sea Gotchell entra.  Y el tío del Servicio Secreto, creo que era negro, cierra la puerta y sonríe al otro tío que entra en la imagen.  Y están allí, las manos juntas, sonriendo.  Ya sabes, esta clase de sonrisa tonta cuando los tío saben que hay movida?  Bueno, la verdad es que no ves nada, pero está claro lo que está pasando.”

 

            Esto fue la mejor descripción que encontré, aunque no era ninguna maravilla.  Laura se lo había dicho a otros, también, durante y después de la campaña.  Eso fue una de las razones por las que la entrevisté.  Otro de la campaña de Frakes dijo que es posible que lo viera, pero no estaba seguro.  Otro mencionó que estaba viendo los videos y oyó el nombre de Gotchell, pero tampoco era nada en concreto.  La gente encargada de los archivos de video de Frakes juraron que no tenía ni registro ni recuerdo de semejante video.  “Es una fantasma, una leyenda urbana,” me dijo un tío.  Comentado por todos los libros escritos sobre la elección, el video “Gotcha” de Gotchell acabó en la estratosfera de Alegaciones y Rumores.  Allí permaneció.

 

            Permaneció, mejor dicho, hasta que bien entrado el primer año de la Administración Taylor, cuando su fiel serviente, Sam Walker, entonces de treinta y un años, escritor paupérrimo de libros de historia, conocido solo a su madre y cuatro amigos, obligado por sus poco escrupulosos editores a emprender un libro sobre la elección, aprovechó una pista lograda de Rolf y otra anónima (ver el Capítulo Tres) y las convirtió en el mayor escándolo político de Estados Unidos desde Watergate. 

 

            Y como lo lamento.  Pues mi libro, La elección más triste, ocho millones de copias vendidas en diecinueve idiomas, estaba completamente equivocado.

 

            Que es por lo que estoy escribiendo este anexo para mi libro, y publicándolo en Internet, libre de copyright, junto con los clips de video:  para asegurar que la verdad por fín sale.  También quiero evitar cualquier acusación de que voy a ganar (más) dinero de esta historia.  No importa, al fin y al cabo; el pleito que resulta de este anexo hará pedazos de la fortuna que gané con La elección más triste.   

 

            De todos modos, ¡arriba el telón!  La presidencia de Taylor ya es historia, Rolf Obermeyer y algunos otros me han dado permiso para usar sus nombres, y el camino está despejado para que publique toda la historia.  Te contaré cómo llegué a escribir La elección más triste, y cómo descubrí más tarde que era una farsa con mi nombre en la portada.  Y si este relato rompe algunas verdades bonitas y queridos iconos, pues habrá servido para algo.

 

 

 

 

 

 

 





"Burla"


Top top Copyright Philip Kraske